El desafío de proteger la salud pública desde los ecosistemas

En la conmemoración del Día Internacional del Bosque y del Día Mundial del Agua, académicos de la Universidad de Chile reflexionan ante la necesidad de proteger los ecosistemas, sus estructuras y la biodiversidad que albergan para que puedan desarrollar sus funciones entregando importantes servicios para la vida humana, animal y ambiental; frente al desafío del cambio climático y la falta de agua.

El cambio climático sigue siendo una de las principales amenazas para el mundo entero, un desafío que lleva a reflexionar todos los días cómo protegemos los ecosistemas de sus consecuencias. Sequía, altas temperaturas y otros factores ambientales forman una combinación fatal que puede destruir vastas áreas; solo en el verano del año 2017, los incendios forestales a lo largo del territorio nacional arrasaron con cerca de 600.000 hectáreas. 

De acuerdo con el último informe sobre efectos del cambio climático en nuestro país del Ministerio del Medio Ambiente y la Dirección Meteorológica de Chile, el año 2020 fue el más caluroso de la Región Metropolitana y la Zona Central. Un área con una disminución sostenida de precipitaciones que hace calificar a la última década como un período de megasequía.

Mientras la sequía aumenta y la desertificación avanza desde la Zona Norte de Chile, la flora y fauna del centro de nuestro país se enfrenta a la exigencia de la adaptación. Lo que se presenta como un desafío central para el sector silvoagropecuario al intentar generar planes de manejo de los recursos naturales renovables que aminoren estas consecuencias, cambios en el uso de suelo, y aplicación de estrategias de restauración y de acceso al agua, por el bien de la salud pública y el bienestar de la comunidad.

“La vida no puede existir si es que no hay agua. Sin agua no hay ecosistema que pueda sostenerse porque toda la vida depende de esto”, sostiene el profesor Rodrigo Fuster, académico de la Facultad de Ciencias Agronómicas.

Cada ecosistema presenta necesidades diferentes de acuerdo a su estructura y sus funciones. En la Zona Central, explica por ejemplo el profesor Juan Ovalle, académico de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Naturaleza (CFCN), “el bosque esclerófilo ha disminuido su superficie considerablemente debido a la degradación por el cambio de uso de suelo, la ganadería intensiva, las severas sequías y olas de calor. Asimismo, estos factores deterioran la salud de los ecosistemas”.

Una problemática ambiental que afecta no solo a la naturaleza, sino también a la salud humana. Bajo el enfoque de Una Salud, una mirada que integra la salud humana, animal y ambiental, el deterioro de los ecosistemas pone en riesgo la salud pública ya que los bosques albergan una gran diversidad de servicios ecosistémicos que permiten el sustento de la vida tanto en las ciudades y en las zonas rurales.

“Los bosques nativos proveen al ser humano de servicios ecosistémicos como captura y almacenamiento de carbono y provisión de agua. Además, podemos obtener alimentos y productos forestales. Es por ello que son fundamentales para la salud humana y cada vez existe más evidencia que, mantener los bosques y tener sistemas silvoagropecuarios más sustentables ayuda a la disminución de los riesgos asociados a las enfermedades infecciosas emergentes”, advierte el profesor André Rubio, académico de la Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias (Favet).

Un riesgo latente que debe mantenernos alerta, ya que muchas enfermedades emergentes tienen como reservorio natural a animales silvestres, como es el caso del virus Sars-CoV2 que aún tiene al mundo combatiendo la pandemia de Covid-19.

“Al generar alteraciones en los bosques u otros hábitats nativos, se producen impactos en estos animales, como estrés, cambios en tamaños de sus poblaciones, en las conductas, etc. Estos cambios, en muchos casos, facilita la transmisión de los patógenos a las personas.

La disminución de agua también puede generar alteraciones en los animales, como las anteriormente mencionadas, y desencadenar cambios en la dinámica y transmisión de patógenos. Puede ser que en ciertos casos la escasez hídrica favorezca la transmisión de ciertos patógenos, pero también puede ocurrir lo contrario”, explica el profesor Rubio.  

El académico de Favet hace énfasis en que los cambios en los volúmenes de los cursos de agua y la contaminación de esta con heces y orina de ganado podrían facilitar la transmisión de enfermedades infecciosas emergentes hacia las personas.   

“En Chile podemos encontrar algunas enfermedades zoonóticas asociadas a animales que habitan los bosques, como el síndrome cardiopulmonar por hantavirus y el tifus de los matorrales. Lo que ocurre es que muchas veces estos animales reservorios se adaptan bastante bien a ciertos hábitats generados por el humano, y, por ende, aumenta el riesgo de contagio. Por ejemplo, muchos roedores reservorios de estos y otros patógenos, utilizan las zonas de transición entre los bosques y cultivos agrícolas (ecotonos). También en Chile tenemos enfermedades que se transmiten por el agua como la leptospirosis, giardiasis y salmonelosis”, aclaró el profesor Rubio, destacando la importancia del acceso al agua potable o a su tratamiento antes del consumo.

Con precipitaciones que han estado por debajo del promedio normal y con proyecciones de cambio climático que mantendría esta condición, los ecosistemas presentarían alternaciones en su estructura y en sus funciones. Existe una probabilidad que no resistan la falta de agua, sin embargo, el profesor Fuster señala que “uno esperaría que haya una evolución y que aquellas especies que son más resistentes a la falta de agua empiecen a dominar ciertos espacios donde hoy día dominan otras que requieren de mayor cantidad de agua”.

Si bien la naturaleza buscaría su camino y así como avanza la desertificación hacia el sur, los ecosistemas de la Zona Central podrían seguir la misma dirección, el profesor Ovalle sugiere que la conservación de los fragmentos de bosque nativo y dejar de intervenir o cambiar de uso las áreas con vegetación nativa, debe ser la primera estrategia antes de pensar en la restauración, ya que la inversión económica es altísima en términos de protección para asegurar la sobrevivencias de las especies en los primeros años después del establecimiento.

“Una plantación con especies esclerófilas, a pesar de ser plantas con estrategias conservadoras en términos del uso de recursos, igualmente requieren al menos tres a cuatro litros de agua al mes para sobrevivir, durante la estación seca estival desde noviembre a abril. Este volumen de agua varía dependiendo de la especie y de las características del sitio de plantación. Sin embargo, cualquier cálculo de demanda de agua de riego para una plantación debiese considerar la cantidad de precipitaciones de la zona de la plantación para intentar igualar esa cantidad mediante el riego”, explica el profesor Ovalle.    

“Las ventajas de restaurar son la posibilidad de recuperar la calidad de hábitat para especies vegetales y animales, y en general, para la biodiversidad de cualquier sitio. Actualmente, los bosques naturales cumplen un rol en la captura de carbono atmosférico el cual es una de las principales metas medioambientales de los estados del mundo para controlar, en parte, el aumento de la temperatura media global”, agregó el académico de la CFCN.

El ecosistema cuya función ecológica sea de abastecimiento de agua, debe tener un plan de manejo de protección. “En la medida en que seamos capaces de proteger los bosques y evitar su degradación, se va a mejorar la capacidad de retención del agua del ecosistema y de resiliencia”, reflexiona el profesor Fuster para concluir.

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