De acuerdo con las proyecciones frente al acelerado proceso del cambio climático, Chile sería uno de los países más afectados de América del Sur. Hay un incremento progresivo de la temperatura que está acortando el periodo invernal y alargando el estival, lo que provoca una reducción de la acumulación de nieve y una aceleración de los deshielos, disminuyendo las reservas de agua, transformando el clima desde mediterráneo a semiárido y cambiando la permeabilidad de los suelos.
“Esta vulnerabilidad nos obliga a mirar más allá de la simple proyección climática, siendo necesario el estudio de los Escenarios Socioeconómicos Compartidos (SSP, por sus siglas del inglés Shared Socioeconomic Pathways) que proponen analizar cómo las decisiones globales y locales sobre economía, demografía y gobernanza pueden acelerar o mitigar los impactos de la desertificación del país”, explica el Dr. Luis Raggi, académico del Departamento de Ciencias Biológicas Animales de Favet.
La evidencia científica indica, señala el especialista en fisiología animal, que no existe un solo aspecto futuro en las posibilidades si no múltiples trayectorias que obligan a un trabajo trans y multidisciplinar, integrando factores determinantes como las políticas de uso del suelo, las inversiones en tecnología y la cohesión social, resguardando además los débiles ecosistemas extremos y el resguardo de la biodiversidad.
En este contexto, la supervivencia de los animales depende directamente de la disponibilidad de agua, de la temperatura ambiente y de la disponibilidad de alimentos para su nutrición.
“Desde una mirada eco fisiológica, los efectos del cambio climático en animales operan principalmente por la vía del estrés térmico, siendo determinantes los incrementos en la frecuencia de las olas de calor, afectando principalmente a la termorregulación; lo que afecta no solo a su zona de confort, sino que incrementa el consumo energético y genera deshidratación. También se observa una alteración del balance hídrico con una mayor pérdida insensible de agua, tanto por vía respiratoria como por la piel. En rumiantes puede derivar en alteraciones digestivas y en el extremo en desequilibrios ruminales si es que se altera el adecuado balance de la dieta”, puntualiza el Dr. Raggi.
El académico advierte, además, que la deshidratación y escasez de agua afecta la función de los riñones, especialmente la deshidratación crónica, que puede derivar en nefrosis y falla multiorgánica. Con relación al sistema circulatorio puede ocurrir una disminución de la presión sanguínea, reducción del gasto cardíaco, y riesgo circulatorio, especialmente cuando hay olas de calor extremo. En el caso de los animales silvestres, estos invierten más tiempo y energía en los desplazamientos, aumentando el riesgo de depredación y disminuyendo los tiempos de alimentación.
En las especies productivas, especialmente rumiantes como ovinos, bovinos y caprinos, se reduce la producción de leche, la calidad seminal en los machos y la tasa de ovulación/concepción en las hembras por efecto directo sobre el eje de regulación hipotálamo-hipófisis-gonadal, agrega.
Todos estos efectos son aún más evidentes en individuos ectotermos, afectando de manera importante a anfibios, reptiles y peces. Muchos animales regulan su conducta por los denominados ritmos circadianos y estacionales y por ello la alteración del fotoperiodo versus el aumento de la temperatura se relacionan directamente con la regulación de la reproducción, la muda del pelo, las migraciones o la hibernación.
Finalmente, detalla el profesor Raggi, el cambio climático puede generar una mayor incidencia de enfermedades debido a un efecto del calor crónico y una mala nutrición que genera estrés sobre el sistema inmunitario existiendo mayor susceptibilidad a infecciones bacterianas, virales y parasitarias. “Los individuos más adaptables son generalmente los que constituyen plagas, como los mosquitos, garrapatas, moscas, parásitos, etc.; que pueden expandir su rango hacia zonas geográficas donde hoy no existen o existen de manera ocasional y no significativa”, advierte.
Las posibles alternativas de mitigación van desde la ciencia animal hasta la ecología aplicada. El Dr. Raggi sugiere que se pueda pensar en la posible reconfiguración del mapa silvoagropecuario para Chile, lo que involucraría soluciones de infraestructura con sombreaderos reflectantes, bebederos termorregulados, ventiladores y sistemas de nebulización en los corrales; cambios en los patrones de pastoreo y rotación a microclimas que se ajusten a las zonas de confort de cada especie. Sin descartar el mejoramiento genético y la selección de especies y razas con mayor termo tolerancia y más resistentes a la restricción hídrica.
En el caso de los animales silvestres y su conservación se debe contemplar el establecimiento de áreas protegidas, creación de corredores biológicos latitudinales y altitudinales, implementación de reservas de agua artificiales con bebederos ecológicos, restauración de hábitat claves, monitoreo sanitario y translocación preventiva, control de especies invasoras, entre otras acciones acordes a cada especie en particular.
“La investigación y las acciones son urgentes porque en la mayoría de los casos la velocidad del cambio supera a la adaptación de los individuos, a la incorporación de tecnologías y a las decisiones necesarias, sean estas políticas o técnicas. La respuesta a las necesidades del país va más allá de la simple proyección climática. Los escenarios Socioeconómicos compartidos (SSP), nos permiten adelantar soluciones frente a los impactos de la desertificación. La situación de Chile es grave y constituye una amenaza sistémica tanto en el corto como en el mediano plazo”, enfatiza el profesor Raggi para concluir.

